Un capítulo de libro (2016)

Adelante están los qom, un grupo de habitantes qom interrumpiendo, a la fuerza, el paso de la ruta que conduce a las escuelas rurales, a las comunidades de familias que esperan nuestra ayuda. Estamos a la altura de Paso Sosa, en el departamento de Güemes, provincia de Chaco, y no existe otra manera de avanzar. No hay atajos ni caminos alternativos. No hay posibilidades de desvíos. La región del Impenetrable se torna, de pronto, verdaderamente impenetrable. Detenemos las camionetas y el grupo de habitantes originarios comienza, lentamente, a rodear los dos vehículos. La situación es tensa, sobre todo por los más chicos que nos acompañan, Agus entre ellos. No hay en las expresiones de los locales simpatía alguna, el menor atisbo de comprensión, ni siquiera una mirada que permita reducir un poco esa tensión. Puedo reconocer en sus facciones los rasgos aborígenes, el cansancio de la tierra y el olvido de las autoridades. Se ve que hay un hombre que lleva la voz de mando, a quien los demás llaman “el cacique”, y detrás de él, a unos metros, más apartado, un anciano a quien identifico como “el sabio” de la comunidad.

Lucila desciende de la primera camioneta, acompañada de Laura. Bajo con ellas. El hombre se anticipa al encuentro:

—No pueden pasar. Tienen que pagar.

Nosotras no vamos a pagar, responde, enérgica, Lucila. Laura, a su vez, comienza a hablar sobre los inconvenientes del bloqueo de la ruta, el sentido de nuestra presencia y el trabajo que nos llevó recolectar las cosas que traemos. No las traemos por piedad, dice, sino para colaborar con las escuelas rurales. Laura habla luego de la necesidad de los qom de contar con un padrino que los ayude a realizar actividades agropecuarias, que no somos nosotras las indicadas para hacerlo, pero que pueden mejorar su situación trabajando la tierra.

Laura habla y gesticula, gesticula y habla, sin parar, hasta que uno de ellos la interrumpe. Piden que les demos nuestras cosas. De ninguna manera, dice Lucila. Entonces no pasan, contesta uno de los hombres ubicado a la derecha del cacique, y entre este diálogo de ida y vuelta, miro al sabio, veo que lleva bastón. Hago contacto en los ojos de aquel hombre, cuyo propio bastón parece investirle de una autoridad mística, ¿chamánica?, me pregunto.

De pronto, golpea el bastón, pidiendo silencio, y me mira. Ya no son solamente los ojos del sabio los que están puestos en nosotras tres, sino los de todos los demás, los de mi propia hija. ¿Esto terminará bien?, parecen preguntarse.

—Madrina, usted habla mucho —comenta dirigiéndose a Laura, con una sensibilidad en sus palabras, con una voz que parece rendirse, y que nos conmueve a todos porque revelan su vulnerabilidad, la extrema fragilidad de su situación— Nosotros tenemos hambre.

Hay un silencio pesado, que viene a inmiscuirse en nuestro diálogo, un eco mudo de esas palabras que nos conmueven.

—Vamos a hacer una cosa —dice Lucila después de un instante—. Sus mujeres tejen palma, ¿no? Bueno, nosotras vamos a pasar a las escuelas, y cuando volvamos, alrededor de las cuatro de la tarde, ustedes nos van a dar sus canastas, las que tejen sus mujeres con hojas de palma, las que hacen con sus propias manos, y nosotros se las vamos a comprar. Nos dejan pasar ahora, y nos dejan pasar cuando volvemos para Villa Bermejito.

El sabio hace un gesto tímido para aprobar la iniciativa y habilita el paso. En la mirada de aquel hombre empiezo a ver la otra realidad de mi país, esa otra cara, árida, impasible, expresión desamparada ante la falta de agua y de recursos.

Se me hace que la desesperanza está vinculada a la sequedad, a lo gris, a esa vegetación que vemos en el Impenetrable, que nos lleva a preguntarnos cómo crece algo entre tanta temperatura y mosquitos, aunque las sonrisas de los niños que encontramos parecen expresar lo contrario. Ayudamos como podemos, soportando temperaturas elevadas, insectos, el zumbido infernal de los mosquitos y el abandono de las autoridades, pero felices. No hacemos, los que integramos la misión solidaria, mero “asistencialismo”; intentamos ayudarlos desde el alma, ayudarlos a pensar, a usar los recursos con responsabilidad, a fomentar el trabajo y el desarrollo desde el ejemplo.

Para mí, la experiencia es reveladora: es la primera vez que viajo desde aquel salto que no fue salto, hace ya más de quince años, porque los años son muchos y las operaciones también, son una medida de tiempo porque implican internación, quirófano y rehabilitación, implican despedidas de mis hijas, y ahora que salgo de verdad, ahora que viajo al Impenetrable, ¿podrá mi pierna resistir? ¿Y si pasa algo, como comentó Mariano por lo bajo, en nuestra conversación en la cocina, y no hay atención médica próxima? ¿Y si vuelven los dolores o se produce una caminata que no es caminata, un esfuerzo que no es esfuerzo, para despertar la pesadilla de nuevo?

Nada de eso importa ahora. Quién soy no tiene que ver con cuánto o cómo pues, caminar, ni siquiera con la posibilidad de caminar o no. No soy lo que sucedió, no soy el salto que no fue salto, no soy la tibia implantada. El Impenetrable es, en mi alma, el primer lugar que me recibe, el primer espacio exterior, fuera de mi casa, de mi barrio y de mis visitas frecuentes al médico o al Hospital Italiano. Me recibe con su aridez, es cierto, con su letanía y desaliento, pero provoca en mí exactamente contrario: me invita a florecer, a estar conmigo, me alienta a comprender la importancia de escuchar la voz interior, a respetarme, a encontrar la conexión conmigo misma antes que con los demás.

A partir de ahora hago lo que quiero hacer.

La energía que siento dentro de mí es única, es mía, me pertenece, y está compuesta de los átomos que integran mi cuerpo, de los átomos que componen mi alma.

Estoy viva, me digo, en pleno Impenetrable. Pero no estoy viva porque haya sobrevivido a un tumor o haya superado distintas operaciones. Estoy viva porque estoy conmigo, en lo profundo de mí misma. Estoy vibrando de existencia, vibrando a mi propio y único compás. Estoy viva, me repito, una y otra vez. Soy esta energía refulgente, que no sabe de sombras.

Siento que podría hacerlo todo, ahora mismo. Por fin. Podría, si me lo planteo, llevar adelante cualquier empresa. Encarar cualquier desafío. Caminar por donde quisiera, bailar, subir a una pirámide.

Lorena González. De pie. Capítulo 33. Metópolis libros, 2022

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